Deleuze, sorcery, hermetism, esotericism and philosophy

This blog promotes investigations in the esoteric practices and influences of Deleuze´s philosophy, and other lines of flight.



lunes, 30 de mayo de 2016

Deleuze hermético




DELEUZE HERMETICO
Filosofía y prueba espiritual
Joshua Ramey
Introducción, traducción y notas de Juan Salzano
Las Cuarenta
Buenos Aires 2016


En el año 1946, en plena posguerra, gracias a la gestión de una pequeña editorial llamada Griffon D´Or, irrumpía en escena la reedición de la traducción al francés del libro Mathesis: Estudios sobre la anarquía y la jerarquía del conocimiento, con especial referencia a la medicina, del esoterista Johann Malfatti de Montereggio, médico de Beethoven y de la familia Bonaparte. Malfatti –junto a los matemáticos mesiánicos y post-kantianos: Wronski y Warrain– será una enorme influencia en la obra de los fundadores de la Primera Orden Martinista, movimiento esotérico originado en el siglo XVIII por Martínez de Pasqually y Louis Claude de Saint Martin, y finalmente articulado en Orden por el médico Gerard Encausse (mejor conocido como Papus) y por Stanislas De Guaita, a fines del siglo XIX y principios del XX. La nueva edición francesa del libro de Malfatti venía escoltada por un prólogo titulado: "Mathesis, ciencia y filosofía". Su autor: un joven estudiante de filosofía de 21 años llamado Gilles Deleuze. (...)

(...) El entorno esotérico que rodeaba las actividades de la enigmática editorial Griffon D´Or, en cuya intensa agitación el prólogo fue fraguado, nos pone ya frente a un entramado de fuerzas e irradiaciones propicio para el ejercicio de cierta potencia excedentaria y renegada del pensamiento. Ya desde el año 1943, Gilles Deleuze y su amigo Michel Tournier, guiados por Maurice de Gandillac –su profesor de filosofía y especialista en el pensamiento neoplatónico de Plotino y Nicolás de Cusa–, asisten a los encuentros organizados por Marie-Magdeleine Davy en el castillo de La Fortrelle, cerca de París, por cuyos pasillos desfilaban pensadores y escritores como Michel Leiris, Jean Paulhan, Gastón Bachelard, Jean Wahl, Pierre Klossowski y Jean Hyppolite. Los encuentros funcionaban, a su vez, como fachada para disimular ciertas actividades vinculadas a la Resistencia francesa, una de las cuales consistía en proteger y ocultar refugiados judíos, franceses, ingleses y estadounidenses. Davy, una ferviente espiritualista, de carácter salvaje, rebelde e independiente, conocedora de 10 lenguas vivas y 4 lenguas clásicas, estudiante de filosofía e historia desde muy joven, y Doctora en Teología, se convertirá en una suerte de sacerdotisa iniciadora de Deleuze, quien apenas tres años más tarde le dedicará uno de sus primeros textos: “De Cristo a la burguesía”. Bajo su égida, frecuentará también el salón de Marcel Moré, donde se cruzará con Michel Butor, Georges Bataille, Alexandre Kojève, Roger Caillois, Arthur Adamov y Jean Paul Sartre, entre otras personalidades de la época. En medio de esta ebullición de hibridizaciones entre esoterismo, filosofía, arte y política se cuecen tanto la editorial que dirigirá Davy y que editará el libro de Malfatti acompañado por el prólogo de Deleuze, como el propio temperamento transversal y experimental de este último. Como dijera Deleuze acerca de los filósofos modernos, en comparación con los pintores manieristas: “Dios y el tema de Dios fueron la ocasión irremplazable para liberar aquello que es el objeto de creación en la filosofía, es decir los conceptos, de las coacciones que les hubiera impuesto el hecho de ser la simple representación de las cosas”. Gracias al diagrama de cruces heterogéneos y desviaciones imprevistas (literalmente extra-ordinarias, para-normales) que aquel caldo creador izaba, con total naturalidad, a matriz de pensamiento y de acción, la obra de Deleuze “toma líneas, colores, movimientos que jamás hubiera tenido sin ese rodeo por Dios” o, en este caso, por las complejas y sinuosas avenidas del esoterismo. Cualquiera que haya leído a Deleuze está al tanto de esta lucidez extra-dialéctica: la creación, en él, jamás pasa por las simples oposiciones rígidas e interdependientes del “versus”, sino por el atletismo huidizo del “trans”. (...)

(...) Lo que debería causar perplejidad es, más bien, la ausencia de todo estudio serio acerca de estos aspectos de la obra de Deleuze. Su eventual pero persistente referencia a temas y autores esotéricos (Wronski, Warrain, Court de Gébelin, Castaneda, la brujería, el chamanismo, el Tao, el I Ching, el tantra, etc.) resulta demasiado evidente como para haberla pasado por alto durante tantos años, mientras se fingía, exageraba y alardeaba en su obra un supuesto materialismo chato y meramente desmitificador –finalmente tan ilustrado, tan enamorado de las Luces de la razón– que explotaría el aspecto crítico de Deleuze para, en un mismo gesto higienizante, barrer bajo la alfombra todos sus vectores clínicos (diríase: terapeutas) y creadores, ligados a una noción positiva de las “potencias de lo falso”: la invención de nuevas posibilidades de vida, por fuera de toda referencia a la Verdad (ya lo decía Klossowski al comentar a Nietzsche: “(…) sólo se desmitifica para mistificar mejor”: una mistificación experimental e inmanente).

“Carecemos del más mínimo motivo para pensar que los modos de existencia necesitan valores trascendentes que los comparen, los seleccionen y decidan que uno es «mejor» que otro. Al contrario, no hay más criterios que los inmanentes, y una posibilidad de vida se valora en sí misma por los movimientos que traza y por las intensidades que crea sobre un plano de inmanencia; lo que ni traza ni crea es desechado. (…): nunca hay más criterio que el tenor de la existencia, la intensificación de la vida”.
De hecho, el propio imperativo de aventura que dinamiza la filosofía de Deleuze, su apertura a toda una serie de experiencias transformadoras –por impugnadoras de lo reconocible y lo habitual– de la percepción, la afectividad, el pensamiento y la lengua, debería haber bastado para que aflorara la sospecha de que, en su obra, las referencias a las experiencias esotéricas (sean éstas brujas, teúrgicas, alquímicas, etc.) jamás operan como simples recursos retóricos o inocentes metáforas. (...)

(...) La originalidad del libro de Ramey consiste en mostrar cómo el hermetismo, a lo largo de su historia, partió de un impulso y de una inquietud afines, aunque en condiciones completamente distintas y por medios desemejantes. Valiéndose de investigadores poco sospechosos de complacencias como Faivre y Yates, entre otros, Ramey se permite exhumar el carácter experimental y transformador de la aventura hermética. Por medio de una exploración de sus visiones y prácticas concretas, arriesga una aleación de consecuencias insospechadas tanto para la filosofía como para la práctica hermética. Tanto el hermetismo como la filosofía de Deleuze, según Ramey, encararían el pensamiento como una prueba iniciática de transformación de nuestra experiencia ordinaria del mundo. (...)

(...) De ahí que Ramey pueda responder a las críticas que Hallward, Badiou y Žižek (como representantes contemporáneos del Edipo contra-ocultista que antes encarnaban Freud y Adorno) realizaron a la obra de Deleuze, acusándola de “escapista”. La respuesta de Ramey, aunque compleja, puede sintetizarse así: la búsqueda de acceso al nivel virtual de composición del mundo no implica huir de él y de su dimensión actual, formada, sino alcanzar las fuerzas inmanentes e implicadas virtualmente en lo actual, transparentarlas “en” lo actual mismo –bajo condiciones de inmanencia–, para así poder reconfigurarlo e intensificarlo, volverlo sobre su lado creador (línea de fuga, línea de Afuera). Como dice Ramey en este libro:

“Si el “aquí y ahora” de la revolución fuese simplemente la satisfacción de las exigencias del presente, y no la transformación de esas exigencias (y de aquello que resulta posible o concebible exigir o desear), entonces, desde una perspectiva deleuziana, la política habrá limitado de antemano el significado de revolución, restringiéndolo a la satisfacción de la exigencia presente en lugar de desarrollar una operación en el deseo mismo”. 
Y esta conversión inmanente –lejos del individualismo escapista, atado aún al plano de las formas– instaura una transversalidad colectiva, de grupos inespecificados, aunque singulares, abiertos dinámicamente unos sobre los otros, en bloques intermediales de devenir. (...)

(Fragmentos de la introducción: "La Vía de la Inmanencia: El vector hermético del empirismo trascendental").



viernes, 16 de octubre de 2009

Deleuze y la brujería



DELEUZE Y LA BRUJERÍA
Matt Lee y Mark Fisher
Selección, traducción y prólogo: Juan Salzano
Las Cuarenta
Buenos Aires
2009


"La pragmática inherente a la brujería ha tenido que lidiar, a lo largo de los siglos, con rivales demasiado celosos de su informalismo experimental, demasiado recelosos de sus simpatías umbralicias por lo contra natura. Desde las persecuciones ligadas a los intereses codificadores de las religiones y los mecanismos de control eclesiástico, hasta las acusaciones de superstición vinculadas al desencantamiento de la naturaleza iniciado por la ciencia moderna, en especial en su versión racionalista e instrumental, la brujería, y todo lo que pueda estar aliado a ella en su impulso intermedial (alquimia, magia, teurgia, chamanismo, etc.), ha padecido múltiples simplificaciones. Pero la más reciente puede ser adjudicada, curiosamente, a aquellos que la reivindican desde una moral del reconocimiento; reivindicación que, tanto desde las ciencias naturales como, más tarde, desde los estudios psicológicos y antropológicos de las ciencias sociales, se viene intentando desde hace al menos un siglo con tangible entusiasmo y velada paranoia.
Esta silenciosa reducción –intelectual y socialmente exitosa– halla en las variantes de la analogía sus armas privilegiadas. [...]
Por eso no es usual que un filósofo se acerque a la brujería e intente atraparla en su singularidad difusa, en la precisión de su experiencia nebular, evitando reducirla a cualquier tipo de control analógico.
Pero quizá no genere sorpresa que, de existir un filósofo afín a la brujería, este haya sido el francés Gilles Deleuze; afinidad de la que poco o nada se ha dicho, de no ser como simple excusa para tallar alguna bella aunque inoperante metáfora. Si Deleuze podía esgrimir esta afinidad sin ningún tipo de escrúpulo, es porque también suscribía a una visión de la naturaleza en extremo divergente a la que sostienen el mecanicismo, el causalismo, o el finalismo organicista más tradicional. [...]
Matt Lee y Mark Fisher han sido de los primeros en explorar y valorar este aspecto de la obra de Deleuze; con la excepción, quizá, de Nakh ab Ra, poeta y escritor argentino que viene desarrollando al menos desde el año 2000 este filo deleuziano-brujo, aunque llevándolo mucho más lejos, hasta sumergirlo en las fuentes menos codificadas del esoterismo; impulso vernáculo, este último, que se continúa hoy en el Laboratorio Sintético Deleuziano y la Escuela Cuaternaria Inter-Reinos, cuyas investigaciones en políticas de la brujería han sido editadas recientemente en un libro titulado Nosotros, los brujos.
Lee y Fisher encarnan dos vías diferentes aunque hiper-aliadas en la lectura del Deleuze brujo. Mientras el primero lo vincula al arte y a la brujería de Austin Osman Spare (personaje injustamente olvidado de la aventura artístico-esotérica de la Inglaterra de principios del siglo XX), el segundo lo utiliza para la exploración de lo que llama “materialismo gótico”, una interesante aleación de ficción teórica, terror y ciberpunk. Por un lado, Matt Lee se vale, simultáneamente, de los fragmentos de Deleuze sobre brujería y de la obra de Spare, para construir una metafísica práctica cuyo proceso fundamental describe como un “enchufarse a la conciencia orgiástica” y cuyo objetivo consistiría en entablar nuevas “relaciones con lo viviente”. Por otro lado, Mark Fisher, reencontrando la línea abstracta de Deleuze en lo que llama flatline (el concepto es de la novela Neuromante, de William Gibson, quien a su vez toma el término de la jerga paramédica), explora el cruce entre las investigaciones de la cibernética, la literatura y el post-estructuralismo, aunque su materialismo gótico, nutriéndose de la experiencia suspendida entre la vida y la muerte, evita estancarse en la moda inofensiva que componen las actuales derivas en informática y cibernética, enviscadas aún en los prejuicios antropocéntricos del organismo, el imaginario, la identidad y la subjetivación. Contra la “out of body experience” (experiencia fuera del cuerpo, que deja intactos tanto el Yo como el organismo), Fisher explora el “out to body experience” (experiencia hacia o en el cuerpo), es decir, las tecnologías que permiten experimentar por fuera (out) del Yo en los bordes del organismo. Si el cuerpo no es el organismo, sino aquello que le escapa constantemente, es la experiencia del cuerpo (sin órganos) lo que bulle en las prácticas del brujo.
Estos textos (junto al mencionado libro Nosotros, los brujos) inauguran, en primer lugar, una zona aún no transitada de la filosofía de Deleuze; zona que a la vez permite comprender desde otro lugar aquellos aspectos demasiado manidos de su obra (la multiplicidad, el acontecimiento y el devenir). Y, en segundo lugar, proponen una nueva lectura y una nueva experiencia de la brujería, por fuera de los aparatos de analogía utilizados por aquellas teorías que siguen sin poder desprenderse del imperativo moral de reconocimiento que las anima. Lejos de prejuicios cínicos y reductivas apologías, los textos de Lee y Fisher nos cuentan que la brujería, en la obra de Deleuze, puede al fin abrir sus pulmones. Bastaría dejarse arrastrar por un imperativo de aventura, para empezar a escuchar, como en un sortilegio, su cálida respiración."


(Del prólogo)



Nosotros, los brujos



NOSOTROS, LOS BRUJOS.
Apuntes de arte, poesía y brujería.

Edición y prólogo: Juan Salzano
Santiago Arcos editora
Buenos Aires
2008


Una colección de 15 autores ensayando a contrapelo.


Compilado y prologado por Juan Salzano (Buenos Aires, 1980) en este libro se reúnen textos de Reynaldo Jiménez, Lorenzo García Vega, Julián Moguillansky, Julio Azcoaga, Octavio Armand, Juan Salzano, Roberto Echavarren, Lucio Arrillaga, Gabriel Naude, Santos López, Rafael Cippolini, Gabriela Bejerman, Xeno Numantis, Gabriel Catren y naKh ab Ra.

Además, incluye fragmentos de los pensadores Gilles Deleuze y Félix Guattari y del escritor Héctor Libertella acerca de la brujería.


"El germen de este libro adquiere consistencia en la Estación Alógena (EA), colectivo variable de experimentación nacido en 2002, que ha ocupado dos espacios físicos en Buenos Aires hasta la fecha, y desplegado a lo largo de su membrana –no del todo localizable– espacios lisos cada vez más incodificables, cuaternarios. Iniciada como Escuela (Alógena), se despedagogizó progresivamente hasta transformarse, en el 2004, en Estación: spatium de tránsito (y trance), de despegues y aterrizajes, de alisamiento orbital. El signo-partícula “alógeno” se inoculó para neutralizar otros términos usufructuados formalmente por los polos de identificación institucionales tales como “otro”, “alteridad”, etc., demasiado atados a pares del tipo adentro/afuera o centro/periferia: lo alógeno designa la irrupción de una intensidad fuera de pasarela (intensidad ni exterior ni interior, pura dimensión liminar).
Fue Héctor Libertella (Máximo Alocutor Alógeno) quien, mediante un discurso pronunciado en la inauguración de 2002, adjudicara su inadvertida fundación a Góngora, 400 años atrás. Libertella dejaba así su letra-heroína en la EA. Hoy sabemos que, si se trata de buscar conexiones no-genealógicas (el contagio como anti-genealogía), los influjos recibidos por la Estación Alógena podrían ser rastreados incluso en los antiquísimos textos copto-gnósticos de Nag-Hammadi (en especial en el texto Allogenes), y seguramente más allá, en algunas irradiaciones que se desprenden a ritmos irregulares del sistema estelar de Sothis (aunque esto, después de todo, no constituya más que un devenir y en la EA no estén muy seguros de creer en el calendario).
Ese germen crece, luego, y se vuelve hoy libro, mediante la participación de distintos autores que, de un modo u otro (además de las vías, importan los efectos), han rozado –o directamente atravesado– esta jineteada fuera de género.
Este libro se constituye como un laboratorio-alianza, una manada de alquimistas y herreros en pleno proceso de cincelar joyas y forjar espadas imperceptibles: el lugar de una alegre transmutación. Una boda de heterogéneos oficiada en la intemperie, bajo los cielos neuronales de una orilla tribal (acéfala banda), cuyos bordes difusos ha venido afilando a lo largo de los años cada uno de los incluidos."


(De la contratapa del libro)

(Ilustración de tapa: William Blake, "The ghost of a flea").